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Usted se encuenta aquí: Noticias  / Agenda Joven  /  (Patricio Palomeque Castillo: un viajero del sur
Patricio Palomeque Castillo: un viajero del sur
Patricio Palomeque Castillo: un viajero del sur

Desde pequeño empezó un viaje donde conoció los diferentes contrastes del Ecuador. El arte le ha servido como excusa para viajar y compenetrarse con otras realidades.

 
Dice: “Mi madre me vino a parir en Cuenca”. Y en su voz no hay ningún indicio de parecer interesante. Tiene un cigarrillo sin encender entre los dedos de su mano izquierda. “Mi padre apenas egresó de Leyes se fue a trabajar en Muisne, Esmeraldas. Yo fui hecho ahí, pero mi madre había tenido un mal parto antes y para no tomar riesgos nací aquí y a los tres meses nos fuimos a Muisne. Viví ahí hasta los cuatro o cinco años”.

Ha pasado algún tiempo desde aquellas palabras. En estos días Palomeque está montado en una motocicleta recorriendo los pueblos del sur. El 25 de diciembre estuvo en Arica, Chile. Hoy anda por Argentina investigando la ruta de los vinos. Antes de irse contó su plan.

Este proyecto se llama Uno al sur. Una idea en la que trabajó dos años. Y esto no es simplemente un aventón con la moto hasta Ushuaia, Tierra del Fuego, Argentina -son veinte mil kilómetros o algo más-. Para él es una especie de pausa en este momento de su vida en el que entra a otra edad. “Necesito cotejar esta parte mía actual con lo que pretendo hacer en el futuro. Lo tomo como un acto de meditación”. Es consciente de que manejar un auto es como ver el paisaje dentro de la televisión; la moto es estar en el paisaje.

 

“Tuve la oportunidad de ver un Nueva York desbordante e increíble, pero en el fondo me sentía en la mierda y me vine”

 


Un viaje en el que pretende realizar un documental y fotografías. No piensa ir a ciudades grandes, quiere pasar por lugares australes y estar en contacto con la naturaleza. “Hay un libro que me recontra rayó, se llama La música del azar, de Paul Auster. En él a un tipo le ocurrió una catástrofe y decidió subirse a un carro y recorrer Estados Unidos”.

Ese libro lo llevó a comprender lo que es la ruta. Una especie de construcción poética del paisaje. Para su aventura lleva dos cámaras de video y una de fotografía. Una cámara tiene un micrófono corbatero donde relata lo que va sucediendo.

Palomeque sabe que viajar es necesario para el espíritu. Reconoce que desde su infancia todo ha sido un viaje. Una música que siempre le ha estado hablando, llamando. “Puta, la infancia mía fue algo maravilloso, porque en ese entonces Esmeraldas era un paraíso. Selva y mar, así purísimo. Todo bacán. Los panas. Ibas a la calle, a la loma, al río, al mar, una ciudad llena de verde, de playas y la gente súper sana”. En su voz se percibía la necesidad del viaje y la desesperación por estar sentado, casi atado, en un mueble de su apartamento cuencano. Ya quería irse; se contenía contando los días como insomne.

Antes también contaba los días para volver en vacaciones a Cuenca. Una vuelta que lo enfrentaba con las iglesias que lo asustaban con sus cristos sangrantes y gigantescos, pero ese mundo iconográfico de alguna forma lo acercó al arte, y de ese viaje no pudo escapar más.

A los 14 años descubrió a Picasso en una enciclopedia Salvat de pintura universal. “Obviamente, yo no entendía nada de lo que hacía Picasso, pero me hacía pensar”. Se graduó en un colegio religioso y reconoce que estaba perdido en el espacio cuando fue a la universidad. “Me matriculé en Odontología y en Artes. A los tres meses abandoné Odontología”. Sus padres se enteraron luego de dos años.

Su viaje de artista comenzó con exposiciones colectivas cuando cursaba el segundo año de Bellas Artes. “Hice un año en Cuenca y me fui a Brasil. Me matriculé como oyente en un instituto de arte contemporáneo de Sao Paulo. Estudié y trabajé como modelo  para dibujos”.

Después viajó por la costa brasileña hasta Belén, navegó por el Amazonas, salió a Iquitos, y volvió a Ecuador. Una travesía de un año y medio, aproximadamente. “Solo, absolutamente solo y chiro”. Sus padres a veces le mandaban un poco de ‘guita’. Vivía como hippie, hacía artesanías, collares y aretes. “Eso fue un alimento fuerte. Eso fue educación”.

El viaje también lo ha llevado a México, donde expuso en una galería que se llamaba San Carlos. A La Habana, donde participó en la tercera bienal de  pintura. A Nueva York, que considera importantísimo, porque le dio la posibilidad de ver tantos museos. “Entonces tuve la oportunidad de ver un Nueva York desbordante e increíble, pero en el fondo me sentía en la mierda y me vine nomás...”, dijo, sabiendo que el viaje aún continúa.

(Fuente: El Telegrafo)