La obra ganadora, Manuelita sin gasofa -de la cuencana Mayra Silva-, discursa sobre la soledad de Manuela Sáenz mediante un díptico que muestra dos pequeños dibujos, en medio de la limpieza de un fondo blanco.
El Salón de Julio ha llegado a su edición 51 con solo ocho obras y sin menciones de honor. Según los jueces -Rafael Cippolini (Argentina), Adrienne Samos (Panamá) y Beatriz Lemos (Brasil)- esta disminución en las obras elegidas (el año pasado se seleccionaron 19) se hizo a fin de aumentar la calidad del certamen. Y el que no haya menciones se debe a que, para ellos, estar entre los elegidos es ya un honor.
Lejos de la discusión sobre si los trabajos que premia el Salón deben encerrarse o no en la pintura tradicional, pese a que en las bases del concurso se especifica que los límites del género serían definidos por los jueces, los trabajos de esta exposición comparten, sobre todo, sus disimilitudes. Cada uno se vale de poéticas y técnicas distintas para crear significaciones sobre varios temas a través de textos visuales.
La obra ganadora, Manuelita sin gasofa -de la cuencana Mayra Silva-, discursa sobre la soledad de Manuela Sáenz mediante un díptico que muestra dos pequeños dibujos, en medio de la limpieza de un fondo blanco. Se complementa con un poema (que nunca fue montado) de Pablo Neruda que concluye diciendo “Detuve al niño, al hombre, / al anciano, / y no sabían dónde / falleció Manuelita, / ni cuál era su casa, / ni donde estaba ahora / el polvo de sus huesos”.
El veredicto señala que esta obra fue elegida como la mejor de entre las 132 propuestas que se presentaron porque, además de su sutileza, su fuerza y su ingenio narrativo, “transmite una paradoja: impacto inmediato y delicadeza inusual”.
El segundo lugar -La habitación impasible, de Óscar Santillán- se genera, a decir de su autor, bajo una lógica de extracción de lo constituido para su reordenamiento en el mundo. Es una ventana de estilo colonial formada con pintura removida de la pared. Los escombros generados por la destrucción se agrupan en el piso recreando la forma hipotética en que la luz ingresaría a través de los cristales.
Los jueces dijeron que, en esta pieza, el artista “vacía de sentido y reconceptualiza la neocolonización que sufrió buena parte de América Latina en la segunda mitad del siglo XIX y, de paso, hace un comentario incisivo hacia las instituciones de poder, incluyendo el museo”.
El trabajo de Oswaldo Terreros, el tercer lugar, se erige como el más decidido a la hora de hacer una crítica social. En una alfombra de lana, encargada a un artesano de Otavalo, exhibe una de las imágenes panfletarias de su movimiento político ficticio: una indígena escribe “el pueblo quiere mierda”. Fue premiada por “el notable trabajo de relectura gráfica y semántica de la propaganda revolucionaria popular”.
La guerra, un cuento de Isaac Asimov, una forma de paisajismo, una referenecia a Piet Mondrian y la violencia del puerto son las temáticas que abordan las cinco piezas restantes, mediante formas divergentes como óleo sobre lienzo, acrílico sobre madera, corrector de pluma sobre un libro y cinta adhesiva envuelta en un bastidor. (Luis Medina)
(Fuente: El Telégrafo) |